"Y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador."
— Éxodo 15:26, RVR1960
Este es el momento fundacional. Israel acaba de salir de Egipto, está en el desierto, y Dios establece una promesa vinculada a su identidad: sanar es parte de quién Él es, no solo de lo que hace.
"Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias."
— Salmos 103:3, RVR1960
David no separa el perdón espiritual de la sanidad física. Para él, ambas cosas fluyen del mismo carácter de Dios. Es un versículo de adoración, pero también de declaración: Dios sana todas las dolencias.
"Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados."
— Isaías 53:5, RVR1960
Esta profecía mesiánica, cumplida en Jesús, es quizás el versículo más citado cuando se habla de sanidad. La palabra "curados" en hebreo (rapha, la misma raíz de Éxodo 15:26) abarca sanidad integral: espiritual y física.
"Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo."
— Mateo 4:23, RVR1960
Cuando Jesús comenzó su ministerio, la sanidad física no fue un extra. Fue parte central de su misión. Enseñaba, predicaba y sanaba. Las tres cosas juntas, con el mismo peso.