"Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad."
— Miqueas 5:2, RVR1960
Belén no era una ciudad importante. Era un pueblo pequeño, casi insignificante. Y sin embargo, el profeta Miqueas anuncia que de ahí saldrá alguien cuyo origen es eterno. Los sacerdotes en tiempos de Herodes conocían esta profecía; cuando el rey les pregunta dónde nacería el Cristo, citan exactamente este versículo (Mateo 2:5-6).
"Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz."
— Isaías 9:6, RVR1960
Este versículo ya lo mencionamos arriba, pero vale la pena detenerse en los nombres: Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Cada nombre es una declaración. Este niño no viene solo a nacer; viene a gobernar, a consolar, a dar paz.
La Navidad según Juan: el Verbo se hizo carne
Juan no cuenta la historia del pesebre ni de los magos. Juan va más profundo. Su "relato navideño" es teológico, y es una de las declaraciones más poderosas de toda la Biblia:
"En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios."
— Juan 1:1, RVR1960
"Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad."
— Juan 1:14, RVR1960
"El Verbo fue hecho carne." En una sola frase, Juan resume todo el misterio de la Navidad. Aquel que existía desde el principio, aquel que era Dios, decidió hacerse humano. No envió un mensaje ni un representante: vino él mismo. Y no vino a un trono, sino a habitar "entre nosotros" —la misma palabra griega (eskénosen) evoca una tienda de campaña, algo temporal y cercano.
Si Lucas te muestra el pesebre y Mateo te muestra la estrella, Juan te muestra el significado: Dios se mudó al barrio.