Hay temporadas en las que oras y sientes que tus palabras rebotan en el techo. Lees la Biblia y las letras no te dicen nada. Cantas una alabanza y tu corazón se queda frío. No es que hayas dejado de creer — es que la presencia que antes sentías tan cerca ahora parece haberse ido sin dejar nota.
Si estás ahí, necesitas saber algo: eso no significa que Dios te haya abandonado. La Biblia está llena de personas fieles que atravesaron exactamente ese desierto — David, Job, Elías, los discípulos en la tormenta — y todas salieron con una fe más profunda que la que tenían antes. Lo que estás viviendo tiene nombre (los maestros de la fe lo llaman sequedad espiritual) y, sobre todo, tiene salida.






