"De aquí a cuarenta días Nínive será destruida."
— Jonás 3:4, RVR1960
Lo que pasó después fue lo más improbable del mundo: Nínive entera se arrepintió. Desde el rey hasta el último habitante. Se vistieron de cilicio, ayunaron, clamaron a Dios. El rey mismo se bajó de su trono y se sentó en ceniza:
"¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?"
— Jonás 3:9, RVR1960
Y Dios los perdonó:
"Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo."
— Jonás 3:10, RVR1960
Esto debería haber sido el final feliz. El profeta predica, la ciudad se salva, Dios muestra su misericordia. Pero el libro de Jonás tiene un cuarto capítulo que muchos olvidan, y es quizás el más importante de todos.
El enojo de Jonás: cuando nos molesta la misericordia de Dios
"Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó."
— Jonás 4:1, RVR1960
Jonás no se alegró de que Nínive se salvara. Se enfureció. Y su oración revela por qué había huido desde el principio:
"Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal."
— Jonás 4:2, RVR1960
Esta es una de las revelaciones más sorprendentes de toda la Biblia. Jonás no huyó porque tuviera miedo de Nínive. Huyó porque conocía demasiado bien a Dios. Sabía que si predicaba, Nínive se arrepentiría, y que si Nínive se arrepentía, Dios la perdonaría. Y Jonás no quería que Dios perdonara a sus enemigos.