"Yo soy hebreo, y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra."
— Jonás 1:9, RVR1960
Fíjate en la ironía: Jonás dice que "teme" a Dios, pero está huyendo de Él. Decir que creemos en Dios y vivir como si pudiéramos escondernos de Él es una contradicción que muchos de nosotros vivimos sin darnos cuenta.
Lo que sigue es conmovedor. Jonás les pidió que lo arrojaran al mar. Los marineros, a pesar de ser paganos, intentaron primero remar a tierra para no hacerlo. Cuando no pudieron, clamaron a Jehová —al Dios de Jonás, no a los suyos— pidiendo perdón por lo que estaban a punto de hacer. Y entonces lo lanzaron.
"Y satisficieron los hombres a Jehová con gran temor, y ofrecieron sacrificio a Jehová y le hicieron votos."
— Jonás 1:16, RVR1960
Los paganos terminaron adorando a Dios. El profeta terminó en el mar. La historia de Jonás es, desde el principio, una historia sobre quién realmente tiene el corazón abierto a Dios, y muchas veces no es quien pensamos.
Dentro del gran pez: la oración desde lo más profundo
"Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches."
— Jonás 1:17, RVR1960
Mucha gente se queda en el debate de si fue literalmente un pez o una ballena, si es posible sobrevivir dentro de un animal marino. Pero el texto nos invita a ver algo más importante: el pez no fue el castigo. El pez fue el rescate. Sin él, Jonás se habría ahogado. Dios envió algo que parecía un monstruo para salvar la vida del profeta que lo había desobedecido.
A veces, lo que parece la peor situación de tu vida es en realidad Dios evitando que te hundas del todo.