"Y satisfecho pasó el sol, cuando había pasado de Peniel; y cojeaba de su cadera."
— Génesis 32:31, RVR1960
La reconciliación con Esaú
A la mañana siguiente, Jacob se encuentra con Esaú. Y en vez del ataque que esperaba, recibe un abrazo:
"Pero Esaú corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó; y lloraron."
— Génesis 33:4, RVR1960
La reconciliación fue posible porque ambos habían cambiado durante esos veinte años. Jacob ya no era el tramposo que huía; Esaú ya no era el que juraba venganza. El tiempo, la distancia y la obra de Dios habían hecho su trabajo en los dos.
Los años finales: dolor, pérdida y esperanza en Egipto
Los últimos capítulos de la vida de Jacob no son fáciles. Perdió a Raquel durante el parto de Benjamín (Génesis 35:18-19). Creyó durante años que su hijo José había muerto (Génesis 37:33-35). Enfrentó hambruna. Y ya anciano, describió su propia vida con una honestidad desgarradora ante el Faraón:
"Y Jacob respondió a Faraón: Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los años de mi vida, y no han llegado a los días de los años de la vida de mis padres en los días de su peregrinación."
— Génesis 47:9, RVR1960
"Pocos y malos." Así describió Jacob su propia existencia. No la idealizó. La Biblia no la idealiza tampoco. Y sin embargo, fue en medio de esa vida difícil donde Dios cumplió cada una de sus promesas: la descendencia numerosa, la tierra prometida (a la que sus nietos regresarían), la bendición que alcanzaría a todas las naciones a través de Judá, uno de sus hijos, de cuya línea vendría Cristo.
Antes de morir, Jacob bendijo a cada uno de sus doce hijos con palabras proféticas (Génesis 49), y pidió ser enterrado en Canaán, en la cueva de Macpela, junto a Abraham, Sara, Isaac y Rebeca. Incluso en la muerte, su fe estaba puesta en la promesa.