Momentos de duda honesta
Uno de los aspectos más sorprendentes de Jeremías es su honestidad brutal con Dios. No escondía su dolor ni sus dudas. En el capítulo 20, después de ser humillado públicamente, Jeremías llegó a maldecir el día de su nacimiento:
"Maldito el día en que nací; el día en que mi madre me dio a luz no sea bendito."
— Jeremías 20:14, RVR1960
Pero incluso en medio de esa oscuridad, unos versículos antes había reconocido algo que no podía negar:
"Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude."
— Jeremías 20:9, RVR1960
Jeremías quiso renunciar. Lo intentó. Pero la Palabra de Dios era un fuego en sus huesos que no podía apagar. La perseverancia de Jeremías no era fuerza de voluntad humana; era el fuego de Dios que lo sostenía cuando su propia voluntad se había agotado.
La esperanza en medio del juicio
Aunque el libro de Jeremías está lleno de advertencias y juicio, también contiene algunas de las promesas más hermosas de toda la Biblia. En medio de la destrucción, Dios le dio a Jeremías un mensaje de esperanza radical:
"Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, satisfacción de Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis."
— Jeremías 29:11, RVR1960
Este versículo, tan citado hoy, fue escrito originalmente para un pueblo en el exilio, en su momento más oscuro. Y justo ahí, en los capítulos 30-33 —conocidos como "el libro de la consolación"—, Dios prometió a través de Jeremías un nuevo pacto: