"Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude."
— Jeremías 20:9, RVR1960
Jeremías quiso renunciar. Lo intentó. Pero la Palabra de Dios era un fuego en sus huesos que no podía apagar. La perseverancia de Jeremías no era fuerza de voluntad humana; era el fuego de Dios que lo sostenía cuando su propia voluntad se había agotado.
La esperanza en medio del juicio
Aunque el libro de Jeremías está lleno de advertencias y juicio, también contiene algunas de las promesas más hermosas de toda la Biblia. En medio de la destrucción, Dios le dio a Jeremías un mensaje de esperanza radical:
"Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, satisfacción de Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis."
— Jeremías 29:11, RVR1960
Este versículo, tan citado hoy, fue escrito originalmente para un pueblo en el exilio, en su momento más oscuro. Y justo ahí, en los capítulos 30-33 —conocidos como "el libro de la consolación"—, Dios prometió a través de Jeremías un nuevo pacto:
"He aquí que vienen días, satisfacción de Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá."
— Jeremías 31:31, RVR1960
"Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo."
— Jeremías 31:33, RVR1960
Este nuevo pacto es el que los cristianos reconocemos cumplido en Jesús. Jeremías, en medio de su sufrimiento, fue el instrumento para anunciar la mayor promesa de restauración de todo el Antiguo Testamento.
Qué nos enseña la historia de Jeremías hoy
1. La obediencia no siempre produce resultados visibles
Jeremías predicó más de cuarenta años y, humanamente hablando, fracasó. El pueblo no se arrepintió. Jerusalén fue destruida. El Templo cayó. Pero Dios nunca le dijo que el éxito dependía de la respuesta de la gente. Le dijo que fuera fiel, y Jeremías fue fiel.