Lo que más impresiona no es la profecía en sí, sino la actitud de Daniel. Antes de hablar con el rey, dio crédito a Dios. Después de hacerlo, rechazó la gloria personal. Su integridad era la misma en la crisis que en el reconocimiento.
El horno de fuego (Daniel 3)
Aunque Daniel no aparece directamente en este episodio, sus tres compañeros —Sadrac, Mesac y Abed-nego— reflejan exactamente la misma fe que él les había modelado. Ante la orden de adorar la estatua de oro de Nabucodonosor, su respuesta fue rotunda:
"He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado."
— Daniel 3:17-18, RVR1960
«Y si no.» Dos palabras que contienen toda una teología. La fe de estos hombres no dependía del resultado. Confiaban en que Dios podía salvarlos, pero estaban dispuestos a morir si Él no lo hacía. Eso no es fe ciega — es fe con los ojos abiertos.
La escritura en la pared (Daniel 5)
Años después, el rey Belsasar —descendiente de Nabucodonosor— organizó un banquete y cometió el acto de profanación definitivo: usó los vasos sagrados del templo de Jerusalén para brindar a sus ídolos. En ese instante, una mano apareció y escribió en la pared palabras que nadie podía descifrar.
Trajeron a Daniel, ya anciano. Su interpretación fue directa y valiente: