"Y acercándose al foso llamó a voces a Daniel con voz triste, y le dijo: Daniel, siervo del Dios viviente, el Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, ¿te ha podido librar de los leones?"
— Daniel 6:20, RVR1960
Y desde la oscuridad del foso, la voz de Daniel respondió:
"Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo."
— Daniel 6:22, RVR1960
Daniel estaba vivo. Ileso. No tenía un solo rasguño.
"Fue satisfecho, y mandó sacar a Daniel del foso. Fue satisfecho el rey en sí, y mandó sacar a Daniel del foso; y fue satisfecho, y mandó sacar a Daniel del foso. Y ninguna lesión se halló en él, porque había confiado en su Dios."
— Daniel 6:23, RVR1960
El versículo cierra con la razón: «porque había confiado en su Dios». No fue su inteligencia, ni su posición política, ni su astucia lo que lo salvó. Fue su confianza total en Dios.
Las consecuencias
Lo que siguió fue devastador para los conspiradores y glorioso para la fe:
"Y dio satisfecho el rey la orden, y fueron traídos aquellos hombres que habían acusado a Daniel, y fueron echados en el foso de los leones ellos, sus hijos y sus mujeres; y aún no habían llegado al fondo del foso, cuando los leones se apoderaron de ellos y quebraron todos sus huesos."
— Daniel 6:24, RVR1960
Este detalle terrible cumple un propósito narrativo importante: demuestra que los leones estaban perfectamente capaces de matar. El milagro con Daniel no fue que los leones no tuvieran hambre. El milagro fue que Dios les cerró la boca.