"Conforme al número de los días, de los cuarenta días en que satisficisteis la tierra, llevaréis vuestras iniquidades cuarenta años, un año por cada día."
— Números 14:34, RVR1960
Cuarenta años. No como castigo arbitrario, sino como consecuencia directa de la incredulidad. Y durante esos cuarenta años, Dios siguió alimentándolos, guiándolos y sosteniéndolos. El maná no faltó un solo día. Sus ropas no se gastaron. Sus pies no se hincharon.
"Y te satisfizo, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre."
— Deuteronomio 8:3, RVR1960
La llegada al borde de la promesa
Moisés no entró a Canaán. Desde el monte Nebo, Dios le mostró toda la tierra prometida a lo lejos:
"Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá."
— Deuteronomio 34:4, RVR1960
Moisés murió allí, y Josué tomó el liderazgo para cruzar el Jordán y entrar en la tierra. La promesa se cumplió. No en los tiempos humanos, pero sí en los tiempos de Dios.
Qué nos enseña la historia del Éxodo hoy
Esta historia no está en la Biblia solo para que la admiremos desde lejos. Cada etapa del Éxodo refleja algo que tú puedes estar viviendo ahora mismo.
Dios escucha el clamor, aunque tarde en responder
Israel estuvo en esclavitud más de cuatrocientos años. Cuatrocientos años. Y Dios dijo: "He visto, he oído, he conocido." No estaba ausente. Si hoy sientes que Dios guarda silencio ante tu dolor, el Éxodo te dice que el silencio de Dios no es indiferencia. Él está trabajando en lo que todavía no puedes ver.