"Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado."
— Hebreos 11:24-25, RVR1960
Moisés eligió el sufrimiento con propósito por encima de la comodidad sin él. Y esa decisión marcó la historia de la humanidad.
El nacimiento de Moisés: salvado de las aguas
La historia de Moisés comienza en uno de los momentos más oscuros para el pueblo de Israel. Los descendientes de Jacob habían crecido enormemente en Egipto, y Faraón, aterrado por su número, decretó algo terrible: que todo varón hebreo recién nacido fuera echado al río Nilo (Éxodo 1:22).
En medio de ese genocidio nace Moisés. Su madre, Jocabed, de la tribu de Leví, hizo algo desesperado y valiente: escondió al niño durante tres meses. Cuando ya no pudo ocultarlo más, lo colocó en una arquilla de juncos calafateada con asfalto y brea, y lo puso entre los juncos a la orilla del río (Éxodo 2:3).
"Y un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses."
— Éxodo 2:1-2, RVR1960
La hermana de Moisés, María, se quedó vigilando a distancia. Y entonces ocurrió algo que solo Dios pudo haber orquestado: la hija de Faraón bajó al río, vio la arquilla, la abrió y tuvo compasión del niño que lloraba. María se acercó y le ofreció buscar una nodriza hebrea. Esa nodriza fue la propia madre de Moisés (Éxodo 2:7-9).
Así, Moisés fue criado por su madre biológica durante sus primeros años —recibiendo la fe de sus padres— y luego fue adoptado como hijo de la princesa egipcia. Creció en el palacio de Faraón, con acceso a la mejor educación, los mayores privilegios y todo el poder de la corte más poderosa del mundo antiguo.