"Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad."
— 2 Timoteo 2:15, RVR1960
Cipriano fue exactamente eso: un obrero diligente que usó bien la Palabra de verdad. No buscó gloria personal. No puso su nombre por encima del de Casiodoro. Simplemente trabajó, durante dos décadas, para que la Biblia en español fuera lo más fiel posible.
Qué nos enseña la historia de Cipriano hoy
La fidelidad silenciosa tiene impacto eterno
Cipriano no predicó ante multitudes ni fundó un movimiento visible. Se sentó frente a manuscritos, día tras día, año tras año, durante veinte años. Y ese trabajo silencioso alcanzó a millones de personas a lo largo de cuatro siglos. Si alguna vez sientes que tu servicio a Dios es invisible o insignificante, recuerda a Cipriano.
"Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano."
— 1 Corintios 15:58, RVR1960
El exilio no anuló su propósito
Cipriano vivió más de cincuenta años lejos de su tierra. Fue condenado por su propio país, quemado en efigie, separado para siempre de su hogar. Pero el exilio no lo detuvo; lo redirigió. Desde Inglaterra hizo algo que nunca habría podido hacer dentro de España: publicar la Biblia en castellano para todo el mundo hispano.
A veces las circunstancias más dolorosas —un desplazamiento, una pérdida, un cambio forzado— son el terreno donde Dios planta lo que más fruto va a dar.
"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados."
— Romanos 8:28, RVR1960
La Palabra de Dios merece nuestro mejor esfuerzo
Cipriano no se conformó con una traducción "suficientemente buena". Dedicó veinte años a hacerla mejor. No porque la obra de Casiodoro fuera mala, sino porque creía que la Palabra de Dios merece la mayor precisión, el mayor cuidado, el mayor respeto que un ser humano pueda darle.