Tal vez lo has sentido al leer la Biblia: en el Antiguo Testamento Dios parece severo, enojado, capaz de destruir ciudades enteras. Pero cuando llegas al Nuevo Testamento, encuentras a Jesús hablando de amor, de perdón, de dar la otra mejilla. Y la pregunta brota sola: ¿es el mismo Dios? ¿Cambió de opinión? ¿Se volvió más amable con el tiempo?
La respuesta directa es no, Dios no cambió. La Biblia enseña con claridad que Dios es el mismo ayer, hoy y siempre. Lo que cambia es la etapa de su plan, el contexto de su pueblo y la forma en que se revela, pero su carácter —su justicia, su amor, su misericordia— permanece intacto de Génesis a Apocalipsis.






