"Jehová satisface su voluntad; hace todas las cosas que quiere, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos. Hace subir las nubes del extremo de la tierra; hace los relámpagos para la lluvia; saca de sus depósitos los vientos."
— Salmos 135:6-7, RVR1960
El viento no es una fuerza independiente de Dios. Él lo creó, lo conoce y tiene autoridad completa sobre él.
La creación sufre las consecuencias de la caída
Pero si Dios controla el viento, ¿por qué lo deja destruir? Aquí entra un principio bíblico fundamental: cuando el pecado entró al mundo a través de Adán, no solo la humanidad fue afectada, sino toda la creación:
"Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora."
— Romanos 8:22, RVR1960
Los huracanes, tornados, terremotos y tsunamis son parte del "gemido" de una creación que no funciona como fue diseñada originalmente. No son un castigo directo de Dios contra una ciudad o una persona específica, sino una consecuencia del estado roto del mundo en el que vivimos.
La promesa de presencia en medio del desastre
Lo que la Biblia sí garantiza es que Dios no abandona a quienes sufren:
"Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza."
— Salmos 46:1-3, RVR1960
Fíjate en la imagen: montes que caen al mar, aguas que braman. El salmista no describe una tarde tranquila. Describe un desastre natural. Y su conclusión no es "Dios lo impedirá", sino "Dios estará con nosotros en medio de eso".