"¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente."
— Lucas 13:2-5, RVR1960
Jesús rompió la lógica de "te pasó algo malo porque hiciste algo malo." Las víctimas de un terremoto no son más pecadoras que quienes sobrevivieron. Lo que Jesús sí hizo fue usar la tragedia como un recordatorio de la fragilidad de la vida y de la necesidad de volver a Dios — no como una amenaza, sino como una invitación urgente.
Si Dios es todopoderoso, ¿por qué no los detiene?
Esta es la pregunta más difícil, y la Biblia no la esquiva aunque tampoco la responde con una fórmula matemática.
El libro de Job es el lugar donde esta tensión se explora con más profundidad. Job lo perdió todo — hijos, salud, bienes — sin haber hecho nada malo. Sus amigos insistían en que debía haber un pecado oculto. Pero al final, Dios mismo habló. Y en vez de dar una explicación lógica del sufrimiento, reveló su soberanía sobre toda la creación:
"¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia."
— Job 38:4, RVR1960
"¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar, y has andado escudriñando el abismo?"
— Job 38:16, RVR1960
La respuesta de Dios a Job no fue "te explico por qué sufriste." Fue: "Yo soy más grande que tu capacidad de entender, y no te he abandonado." Y Job, lejos de sentirse ofendido, respondió:
"De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven."
— Job 42:5, RVR1960
Hay misterio en el sufrimiento. La Biblia no lo niega. Pero hay algo que la Biblia sí afirma sin ambigüedad: Dios no abandona a los que sufren.