En 1 Corintios 12, el apóstol desarrolla esta imagen con una claridad que no deja lugar a dudas:
"Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo."
— 1 Corintios 12:12, RVR1960
Y luego añade algo que derriba cualquier excusa de "yo no sirvo para nada":
"Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros."
— 1 Corintios 12:21, RVR1960
El contexto de esta carta es una iglesia en Corinto que estaba dividida. Algunos creían que ciertos dones —como hablar en lenguas— eran superiores a otros. Pablo corrige esa idea con firmeza: no hay miembros insignificantes en el cuerpo. El que recibe a las personas en la puerta es tan necesario como el que predica. El que cocina para el grupo de estudio cumple un rol tan vital como el que lidera la alabanza.
Esta no era una enseñanza nueva de Pablo. Jesús la vivió. La noche antes de ser crucificado, se arrodilló y lavó los pies de sus discípulos —un trabajo reservado para los siervos de la casa— y les dijo:
"Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros."
— Juan 13:14, RVR1960
El servicio, para Jesús, no era una actividad más del ministerio. Era la marca de identidad de sus seguidores.