"Porque mi alma está hastiada de males, y mi vida cercana al Seol."
— Salmo 88:3, RVR1960
El Salmo 88 es quizás el salmo más oscuro de toda la Biblia. No tiene un final feliz. No termina con una nota de esperanza clara. Y sin embargo, está ahí, incluido en la Escritura, porque Dios no necesita que le ocultemos nuestro miedo. El solo hecho de que el salmista le habla a Dios sobre su terror ya es un acto de fe.
La muerte en el Nuevo Testamento
Con la llegada de Jesús, la perspectiva sobre la muerte cambia radicalmente. No porque la muerte deje de existir, sino porque deja de ser el final:
"Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?"
— Juan 11:25-26, RVR1960
Jesús dice estas palabras frente a la tumba de Lázaro, a Marta, que está destrozada por la muerte de su hermano. No se las dice en un templo ni en un sermón abstracto. Se las dice a una mujer que llora. Y luego llora con ella (Juan 11:35). Jesús no ignora el dolor de la muerte; lo acompaña y luego lo transforma.
La resurrección de Cristo es el fundamento de toda la esperanza cristiana frente a la muerte. Pablo lo dice con claridad absoluta:
"Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho."
— 1 Corintios 15:20, RVR1960
La palabra "primicias" significa el primer fruto de la cosecha. Es decir: Cristo resucitó primero, y los que creen en él seguirán después. La muerte no es un callejón sin salida. Es una puerta.