"Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red."
— Lucas 5:5, RVR1960
La pesca fue tan abundante que las redes se rompían y las dos barcas casi se hundían. La reacción de Pedro fue reveladora: no celebró la pesca milagrosa, sino que cayó de rodillas y dijo:
"Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador."
— Lucas 5:8, RVR1960
Pedro entendió inmediatamente que estaba ante alguien santo. Y su primer instinto fue sentirse indigno. Jesús respondió con las palabras que cambiaron su vida para siempre: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres" (Lucas 5:10).
La gran confesión
De todos los momentos en que Pedro habló antes de pensar —y fueron muchos—, hubo uno en que sus palabras vinieron directamente del cielo.
Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?" Ellos dieron varias respuestas: Elías, Juan el Bautista, Jeremías. Entonces Jesús hizo la pregunta personal: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?"
"Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos."
— Mateo 16:16-17, RVR1960
Este fue el momento más alto de Pedro como discípulo. Y lo que siguió inmediatamente fue, tal vez, el más bajo antes de la negación: cuando Jesús anunció su muerte en Jerusalén, Pedro lo reprendió, y Jesús le dijo "¡Quítate de delante de mí, Satanás!" (Mateo 16:23). En cuestión de versículos, Pedro pasó de ser portavoz del Padre a ser obstáculo del enemigo.