"De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos."
— 2 Corintios 11:24-26, RVR1960
Cinco veces azotado. Tres veces apaleado. Una vez apedreado y dejado por muerto. Naufragios. Hambre. Frío. Traición. Y nunca se detuvo.
La revolución teológica de Pablo: el evangelio para todos
El aporte más transformador de Pablo fue su insistencia, respaldada por revelación directa, en que el evangelio no era solo para los judíos. Los gentiles — es decir, todas las naciones — podían recibir la salvación por fe en Cristo, sin necesidad de circuncidarse ni cumplir toda la ley de Moisés.
Esta idea provocó un conflicto enorme en la iglesia primitiva. Fue el gran debate del Concilio de Jerusalén (Hechos 15). Y Pablo fue su defensor más apasionado:
"Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado."
— Gálatas 2:16, RVR1960
Sin este principio, el cristianismo habría seguido siendo una secta dentro del judaísmo. Pablo entendió — y enseñó — que la gracia de Dios en Cristo era para toda la humanidad, sin excepción.
Las cartas de Pablo: palabras que siguen vivas
De los 27 libros del Nuevo Testamento, 13 son cartas atribuidas a Pablo (algunos eruditos debaten la autoría de algunas, pero la tradición las reconoce como suyas). Estas cartas no fueron escritas como tratados teológicos abstractos. Fueron respuestas a problemas reales de iglesias reales: divisiones, inmoralidad, confusión doctrinal, persecución, dudas.