"Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida."
— 1 Juan 1:1, RVR1960
Juan no habla de oídas. Él estuvo ahí. Vio, oyó, tocó. Y escribió para que tú también pudieras conocer lo que él conoció.
De pescador a apóstol: los orígenes de Juan
Juan no era un hombre de letras ni un sacerdote del templo. Era un pescador de Galilea, una región que la élite de Jerusalén miraba con cierto desprecio. Su padre, Zebedeo, tenía una barca y jornaleros, lo que sugiere que la familia no era pobre, pero tampoco rica. Eran trabajadores del mar.
Su hermano mayor era Jacobo (o Santiago), y juntos formaban un equipo de pesca. Lucas nos dice que eran compañeros de Simón Pedro:
"Asimismo a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón."
— Lucas 5:10, RVR1960
Hay un detalle que revela el carácter temprano de los dos hermanos. Jesús les puso un sobrenombre que no es precisamente suave:
"A Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno."
— Marcos 3:17, RVR1960
"Hijos del trueno." Eso no suena al apóstol del amor que conocemos por sus cartas. Y ahí está una de las cosas más hermosas de la historia de Juan: la transformación. El joven impetuoso que quería hacer bajar fuego del cielo sobre una aldea samaritana (Lucas 9:54) es el mismo anciano que décadas después escribiría: "Dios es amor" (1 Juan 4:8).