"Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece."
— Filipenses 4:12-13, RVR1960
Este versículo — que muchas veces se cita fuera de contexto para hablar de éxito personal — en realidad habla de una cosa: contentamiento. Pablo no dice "todo lo puedo" refiriéndose a lograr metas financieras. Dice que puede estar en paz tanto en la pobreza como en la abundancia, porque su seguridad no está en lo material sino en Cristo.
¿Está mal desear prosperidad?
Esta es una pregunta honesta que muchos creyentes se hacen con culpa. Y la respuesta bíblica no es un simple sí o no.
Desear tener lo suficiente para vivir, proveer para tu familia, ayudar a otros y disfrutar de la vida no es pecado. De hecho, la Biblia lo reconoce como algo legítimo:
"Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma."
— 3 Juan 1:2, RVR1960
Sin embargo, hay una diferencia enorme entre desear prosperidad como herramienta y desear prosperidad como fin en sí mismo. Cuando el deseo de tener más se convierte en lo que te mueve cada mañana, cuando la acumulación de bienes reemplaza la búsqueda de Dios, has cruzado una línea que la Biblia señala con claridad:
"Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas."
— Mateo 6:24, RVR1960
La palabra que Jesús usa aquí, "Mamón" en algunas traducciones, se refiere a las riquezas personificadas como un amo. Es un diagnóstico certero: el dinero tiene la capacidad de convertirse en un señor que exige lealtad total. Y cuando eso sucede, desplaza a Dios.