"A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos."
— 1 Timoteo 6:17, RVR1960
Este versículo rompe los dos extremos de un solo golpe: no condena a los ricos, pero les ordena que no pongan su esperanza en la riqueza. Y al mismo tiempo reconoce que Dios da cosas "en abundancia para que las disfrutemos." Dios no está en contra de que disfrutes de lo que tienes. Está en contra de que eso te defina.
"Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?"
— Mateo 16:26, RVR1960
Contexto y explicación: lo que la Biblia enseña realmente sobre la riqueza
El dinero en el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento, la prosperidad material frecuentemente se presenta como una bendición de Dios. Abraham, Job, David y Salomón fueron hombres enormemente ricos, y la Biblia no los condena por eso. De hecho, en Deuteronomio, Dios promete bendiciones materiales al pueblo de Israel si obedece sus mandamientos:
"Acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día."
— Deuteronomio 8:18, RVR1960
Este versículo es poderoso porque establece algo que muchos olvidan: la capacidad de generar riqueza viene de Dios. No es mérito exclusivo del ser humano. Pero — y esto es igualmente importante — ese versículo está dentro de un contexto donde Dios advierte al pueblo: "No digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza" (Deuteronomio 8:17).
La prosperidad en el Antiguo Testamento siempre venía con una responsabilidad: recordar de dónde venía, compartirla con el necesitado y no permitir que se convirtiera en un ídolo.