"El impío toma prestado, y no paga; mas el justo tiene misericordia, y da."
— Salmo 37:21, RVR1960
Aquí la línea se traza con claridad: lo que la Biblia condena no es pedir prestado, sino no pagar lo que se debe. El impío no es el que se endeuda; es el que toma prestado sin intención o sin esfuerzo de devolver. El justo, en cambio, no solo paga lo suyo, sino que además da con generosidad.
"Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?"
— Lucas 14:28, RVR1960
Jesús usa esta ilustración para hablar del costo del discipulado, pero el principio financiero que subyace es universal: antes de comprometerte, calcula. No te metas en algo que no puedes terminar. La imprudencia financiera deshonra a Dios y pone en riesgo a tu familia.
Contexto y explicación: lo que la Biblia realmente enseña
Para entender lo que la Biblia dice sobre la deuda, necesitamos ver el panorama completo.
En el Antiguo Testamento
Israel era una sociedad agrícola donde la pobreza podía ser repentina: una sequía, una plaga, una guerra. La Ley de Moisés no prohibía los préstamos; de hecho, los regulaba cuidadosamente:
- Prohibía cobrar interés entre israelitas (Éxodo 22:25; Levítico 25:35-37). Prestar a un hermano en necesidad debía ser un acto de compasión, no de negocio.
- Establecía el año de remisión: cada siete años, las deudas entre israelitas debían ser perdonadas (Deuteronomio 15:1-2). Esto evitaba la esclavitud permanente por deudas.
- Regulaba las garantías: no se podía tomar como prenda la ropa de una viuda ni el molino de un hombre, porque era quitarle el medio para sobrevivir (Deuteronomio 24:6, 17).
El mensaje es claro: Dios sabía que su pueblo necesitaría préstamos en momentos de crisis. No los prohibió. Pero construyó un sistema donde la deuda tenía límites, el acreedor tenía obligaciones morales, y la misericordia estaba por encima del beneficio.