- Prohibía cobrar interés entre israelitas (Éxodo 22:25; Levítico 25:35-37). Prestar a un hermano en necesidad debía ser un acto de compasión, no de negocio.
- Establecía el año de remisión: cada siete años, las deudas entre israelitas debían ser perdonadas (Deuteronomio 15:1-2). Esto evitaba la esclavitud permanente por deudas.
- Regulaba las garantías: no se podía tomar como prenda la ropa de una viuda ni el molino de un hombre, porque era quitarle el medio para sobrevivir (Deuteronomio 24:6, 17).
El mensaje es claro: Dios sabía que su pueblo necesitaría préstamos en momentos de crisis. No los prohibió. Pero construyó un sistema donde la deuda tenía límites, el acreedor tenía obligaciones morales, y la misericordia estaba por encima del beneficio.
En el Nuevo Testamento
Jesús no prohíbe los préstamos. De hecho, en la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30), el señor reprende al siervo perezoso diciéndole que al menos debería haber puesto el dinero con los banqueros para ganar interés. En Lucas 6:34-35, Jesús invita a prestar "sin esperar nada a cambio", lo cual presupone que prestar es algo que los creyentes hacen.
Pablo, como vimos en Romanos 13:8, no prohíbe la deuda sino que llama a no dejar obligaciones sin cumplir. El principio paulino es: sé libre, cumple tu palabra, y no permitas que nada te esclavice.
Entonces, ¿es pecado?
La Biblia no clasifica la deuda como pecado en sí misma. Lo que sí es pecado, o al menos contrario a la voluntad de Dios, incluye:
- No pagar lo que debes (Salmo 37:21).
- Endeudarte por codicia, vanidad o irresponsabilidad (Proverbios 21:17; 1 Timoteo 6:9-10).
- Poner en riesgo el bienestar de tu familia por decisiones financieras imprudentes (1 Timoteo 5:8).
- Ser fiador imprudente de otro, comprometiendo lo que no tienes (Proverbios 6:1-5; 22:26-27).
La deuda se convierte en un problema espiritual cuando te esclaviza, cuando nace de la avaricia, cuando te impide dar, cuando rompe tu paz, o cuando incumples tu palabra.